Las guerras modernas se ganan con editoriales
LAS GUERRAS MODERNAS SE GANAN CON EDITORIALES
Por Daniel Pipes
Antes los soldados, marinos y aviadores eran los que decidían el desarrollo y final de las guerras. Este tiempo pasó. Hoy el rol crucial para el desenvolvimiento de las batallas de Occidente está jugado por los productores de televisión, los escritores, los periodistas y los políticos. Este hecho tiene profundas implicaciones.
En un conflicto convencional, como la 2ª Guerra Mundial, los enfrentamientos se fundaron sobre premisas escenciales que son hoy ignoradas.
1er supuesto: las fuerzas armadas convencionales se lanzan a una guerra total para vencer. Los adversarios despliegan cerradas columnas de soldados, de blindados, flotas numerosas de barcos artillados y escuadrones aéreos. Millones de jóvenes parten al combate mientras que los civiles sufren privaciones. La estrategia y la información cuentan, pero el tamaño de la población y el estado logístico de los arsenales cuentan más aún. Un observador puede juzgar los progresos del conflicto teniendo en cuenta factores objetivos como la producción de acero, los stocks de petróleo, la construcción naval y el control territorial.
2do supuesto: la población de cada campo es leal a sus dirigentes. Las traiciones y la desidia deben ser desenmascaradas, pero los gobernantes gozan de un gran sostén consensual. Esta actitud es particularmente remarcable en la Unión Soviética, donde las impensables masacres de masas de Stalin no impedían al pueblo dar todo lo que tenían por la "Madre Rusia".
Los dos aspectos de este paradigma son impensables hoy en Occidente.
Sin embargo, la guerra a ultranza con la mira puesta en la derrota de fuerzas enemigas convencionales es prácticamente inexistente, cediendo el lugar a un desafío más indirecto contituído por guerra de guerrillas, insurrecciones, intifadas y terrorismo que no diferencia amigos de enemigos. Este nuevo esquema es aplicado a los franceses en Argel, a los americanos en Vietnam y a los soviéticos en Afganistán. Y ahora lo sufren los israelíes con los palestinos, las fuerzas de la coalición en Irak y dentro del cuadro de la guerra contra el terrorismo todo el mundo.
Este cambio, que los militares americanos llamaban el "bean counting" - la cuenta de soldados y armas - ya no tiene sentido alguno de la misma forma que tampoco tiene sentido los diagnósticos de las economías o la cuenta del territorio conquistado o perdido. Las guerras asimétricas se parecen más a operaciones policíacas que a los combates tradicionales. Como la lucha contra el crimen, el campo goza de una gran superioridad de agitación con respecto a un vasto abanico de todo tipo de violencia, mientras que el campo de fuerzas inferiores viola todas las reglas en su prosecución del poder.
En segundo lugar, la solidaridad y el consenso de antaño son ya perimidos. Este proceso lleva más de un siglo (comenzó en el campo británico en la Guerra de los Boers de 1899-1902), donde la noción de lealdad evolucionó de forma dramática. Tradicionalmente, una persona se supone fiel a su comunidad de origen. Un español o un sueco es fiel a su soberano, un francés a su República, un americano a su Constitución. Este sentimiento es ahora añejo, perimido y es reemplazado por una lealdad a una comunidad política: socialismo, liberalismo, conservadurismo o islamismo, por mencionar sólo algunas a modo de ejemplo. Los lazos geográficos y sociales son ahora menos importantes que antes.
Teniendo en cuenta las lealdades hoy en día, las guerras se deciden en las páginas de los periódicos y en Internet, más que en los propios campos de batalla. La fuerza de los argumentos, la elocuencia de la retórica, la sutilidad de las demostraciones y la claridad de de los resultados de las encuestas se vuelven una empinada colina o un caudaloso río a atravesar. La solidaridad, la moral, la lealdad y la comprensión son el acero, las municiones, el caucho y el combustible de nuestra época. Los líderes de la opinión pública son los almirantes y generales de hoy. Así es que los gobiernos occidentales deben considerar las relaciones públicas como parte integral de las estrategias de combate.
En un caso como la adquisición de armas nucleares por el régimen iraní, el elemento "llave" es la opinión pública occidental, y no su arsenal. Unidos europeos y americanos pueden disuadir, sin duda alguna, de proseguir su programa armamentista nuclear. Si se presentan en un frente desunido o con profundas fracturas demostrarán a los iraníes que pueden seguir adelante sin peligro.
Lo que Carl von Clausewitz llamó el "centro de gravedad" de la guerra, pasó de la fuerza de las armas a los corazones y espíritus de los ciudadanos. Los iraníes aceptan la implicancia de desarrollar un programa nuclear?, los irakíes toman a los soldados de la coalición como libertadores?, los palestinos sacrifican voluntariamente sus vidas en atentados suicidas?, los europeos y canadienses quieren una fuerza militar creíble?, los americanos consideran al islam como un peligro mortal?.
Las estrategias no occidentales reconocen la preeminencia de la política y concentran sus esfuerzos en este terreno. Una serie de triunfos - Argel en 1962, Vietnam en 1975,Afganistán en 1989 - son resultado de una voluntad política por un lado y la erosión de la misma voluntad por el otro. El segundo al mando de Al-Qaeda, Ayman al-Zahawiri, expresó recientemente este hecho, observando que más de la mitad de los enfrentamientos islámicos "se desarrollan sobre el campo de batalla mediático".
Occidente tiene la ventaja de dominar la escena militar y económica, pero ésto ya no es suficiente. Debe , como sus enemigos, prestar la atención necesaria a las relaciones públicas de la guerra.
Traducción
Nicolai Nicolaievich Romanov

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