Las diferencias entre un mono bananero y un señor Presidente
LAS DIFERENCIAS ENTRE UN MONO BANANERO Y UN SEÑOR PRESIDENTE
En su aguda necedad y diaréica verborragia, Chávez, ha sido incapaz de
comprender que gobernar no es changa para el protagonismo personal y egoísta
de quién ejerce esa delicada misión.
Su mentalidad golpista le hace imposible ver que su misión sublime es
promover, con espíritu de servicio a la realización del bien común, la
integración, la unidad y la protección de los derechos humanos y los valores
de su pueblo.
Este desagradable individuo con ínfulas mesiánicas ha deslegitimado la
autoridad que lo llevó a ser mandatario, no de una muchedumbre, sino de una
sociedad ávida de sana convivencia democrática. Desde su argucia y astucia,
supo hacerse de la confianza ciudadana que lo llevó a índices de gran
popularidad.
Luego aprovechó el apremio de los tiempos difíciles para excitar la
impresionabilidad popular hacia el caudillismo que desvía y pierde la
auténtica representación política.
Distraído en dar pruebas, que nadie le ha pedido, de vigor y locuacidad ya
cansadora, de audacia rayana en la inconciencia y habilidad superlativa para
el escándalo, se ¿olvidó? de conocer las necesidades de su pueblo y
procurarles una solución. Como si la inestabilidad política y la aguda
crisis económica que ha propiciado su nefasto desempeño no fueran prioridad
a resolver en ese hermoso país de contrastes. Tal parece que para Chávez no
existen comunidades en aldeas y
pueblos de antaño que viven en condiciones más que paupérrimas y que
demandan
atención eficaz de su gobierno.
Ocupado en su histrionismo grotesco, insensato e inmerso en una mezcla de
ocurrencias
traídas del pensamiento de otros desadaptados,
el mono bananeroChávez alucina en cómo
imponer sus locas "ideas bolivarianas" de corte nacionalista a la
población. Así ha dejado de ocuparse en resolver, desde las recurrentes
fallas en los servicios básicos hasta la frágil situación económica
soportada sólo boom petrolero, pasando por la aguda
corrupción gubernamental y la tasa creciente de desempleo que rebasa 15%.
Así "gobierna" el ahora famoso, por su vergonzante y mansillante política
autoritaria,
el Coronel Hugo Rafael Chávez Frías, alias El Mono Bananero.
Obstinado hasta el absurdo en su meta personal de promover la llamada
"revolución
bolivariana" (no se sabe bien qué es), que a nadie le va ni le viene fuera
de sus fanáticos,
paulatinamente ha perdido el derecho de mandar y de ser obedecido por los
ciudadanos venezolanos. Chávez dejó de ser un mandatario legítimo y
respetable, si es quealgún día lo fue, cuestión que personalmente nunca lo
creí.
Baste para comprobar el desprestigio de este personaje de opereta, conocer
la opinión
que, de no pocos de sus compatriotas, recogió un foro de la BBC mundo.com en
los primeros días de noviembre de 2005. Y bueno es aclarar que la BBC debe
de
ser uno de los pocos medios de comunicación realmente independientes.
Mientras para unos el mono Chávez es un loco que sólo quiere llamar la
atención desde su condición de marioneta del barbeta cubano, asumiéndose
como
imitador barato de Castro, para otros es motivo de vergüenza tener
un gobernante tan cargado de resentimientos y con una actitud que no
corresponde ni a la educación ni a la cultura venezolanas.
En él no puede aplicarse la descripción evangélica del Buen Pastor para
afirmar que ha sido el gobernante que no llegó a ser servido sino a
servir, que fue siempre delante de sus ovejas dispuesto a ofrendar su vida
por ellas, por el contrario ha mandado a las ovejas al frente.
Ha hecho del gobierno un patrimonio personal e intransferible.
Es una pena y una tragedia para los venezolanos vivir, por
ahora, en una especie de ausencia de Estado. Impedidos, también por ahora,
y mientras este mono esté al mando de compartir decisiones con su gobierno
para avanzar hacia el fin por
todos buscado y para todos necesario.
Los recientes e insultantes exabruptos de este mono Chávez hacia el
presidente
mexicano Vicente Fox sólo han servido para exhibir el vacío de quién
representa una clara amenaza a la aspiración democrática de América
Latina.
El desprestigio social de Chávez en su país se refleja en una reciente
encuesta de El Universal de Venezuela en la que 53% de los usuarios piensa
que su presidente es responsable de la crisis en la relación diplomática
con México.
Más allá de la circunstancial discrepancia por la pretendida Área de Libre
Comercio de las Américas, está la loca idea de implantar en
Latinoamérica el delirante populismo que se ostenta como representación
de los pueblos y que, en su demagogia vulgar y chauvinista, justifica todo
tipo de
acciones desde el poder, sin dar a éstas dimensión ética y moral, y sin
atender
criterios de gobernabilidad democrática con participación ciudadana y
responsabilidad fiscal.
Las muchas disculpas públicas de ciudadanos venezolanos por el bochornoso
espectáculo chavista en contra del presidente Vicente Fox es también señal
de dónde andan los bonos de este emisario de los viejos autoritarismos
militares de América Latina en desuso desde hace 30 años.
Por fortuna para Venezuela, hay esperanza en liderazgos emergentes que
tienen un claro compromiso con la dignificación de la política y el
bienestar de ese pueblo doliente. Hombres y mujeres demócratas, de
formación humanista, que ven a la persona como fin y no como instrumento,
están dando una valiente lucha ciudadana por el restablecimiento de la
normalidad democrática venezolana, otrora ejemplo para los pueblos de la
región latinoamericana y del mundo.
Frente al espíritu envenenado de odio resurge el espíritu libertario de la
solidaridad. Frente al vampirismo antropófago de Chávez, se levanta la
bandera que enarbolan valientes hijos de esa patria que padece el dolor
evitable del autoritarismo prusiano. Ellos son la opción moral de su nación
y
cuentan, en su noble tarea, con el respaldo solidario de líderes de
fuerzas políticas hermanas de todo el continente. Si la ceguera y el
egocentrismo de
Chávez le impide ver este movimiento, que oiga al menos las voces de la
democracia latinoamericana que anuncian optimistas el fin de su régimen de
ficción.
Alvaro Kröger

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